«El latino trae un caos necesario a la vida del japonés»: la original mezcla de valores de Colombia y Japón que un escritor combina para mejorar la salud mental
José Carlos Cueto
Corresponsal de BBC News Mundo en Colombia
Conozco muchos bogotanos que jamás pisaron Ciudad Bolívar, una localidad en el sur de la capital colombiana caracterizada por altos índices de vulnerabilidad.
Sé, en cambio, de decenas de japoneses que no solo la conocen, sino que se enamoraron de ella, de su gente, y de algunos que incluso dejaron su Japón futurista y avanzado para emprender aquí nuevas vidas.
Todo gracias a la idea atrevida de un escritor colombo-japonés que se propuso mejorar la salud mental de personas deprimidas en uno de los barrios más estigmatizados de Colombia.
Su nombre es Yokoi Kenji Díaz y, además de escritor, también es trabajador social y conferencista.
Lleva décadas enseñando a los japoneses a ser más latinos y a los latinos más japoneses, a través de programas de intercambio e inmersión cultural para empresas e individuos con suficiente poder adquisitivo.
Que de ninguna manera, aclara, garantiza «ningún tipo de resultado mágico, surrealista, alguna sanidad espiritual, psíquica o milagrosa».
«Hay un equilibrio entre la pasión del latino y la disciplina del japonés que a mí y a muchos nos ha funcionado y venido bien», me dice durante una reunión virtual en medio de su apretada agenda.
Kenji Díaz tiene unos nueve millones de seguidores entre Instagram y TikTok. Sus libros ocupan estantes privilegiados en las librerías y sus conferencias son concurridas por miles.
Nació en Bogotá, de padre japonés y madre colombiana, y se mudó a Japón a los 10 años.
Allí sufrió rápidamente traumas típicos del migrante: falta de integración, nostalgia, depresión.
Vivencias que años más tarde convirtió en su profesión, esa que combina y enseña culturas tan lejanas como las de Japón, Colombia y de otros países en Latinoamérica en una búsqueda de equilibrio que persigue mejorar la salud mental y el crecimiento personal.
FUENTE DE LA IMAGEN,GETTY IMAGES
Muy pequeño sufriste eso tan común del migrante y mestizo de no sentirse ni de un lado ni de otro. Te marcó.
Soy colombiano pero llegué a Japón con 10 años. Fue mi primera migración y un impacto cultural fuerte.
Me apasionó la cultura japonesa y quise, de alguna manera, convertirme en un japonés, pero descubrí que era una tarea ardua, difícil. No me aceptaban.
Era el típico mestizo que ni aceptaban en Japón ni tampoco se sentía propiamente de Colombia.
¿Por qué querías ser japonés?
Admiraba a mi padre, su cultura, y quería acoplarme a ella.
Pienso que todo niño que llega a Japón siente esa responsabilidad de querer ser japonés, pero es una cultura tremendamente exigente, sobre todo con los propios japoneses.
El estándar para el latino, para el migrante, es bastante alto, aunque muchos lo logran.
Vi muchos compañeros hispanos convertirse en japoneses e incluso superar a los mismos japoneses en algunas cuestiones, pero nunca ser aceptados.
Debe ser frustrante.
Es terrible. Uno habla japonés, se comporta igual o mejor que un japonés, pero por su fisonomía debe asumir que nunca será aceptado como tal.
No es nada personal o discriminatorio. Los japoneses tienen esta búsqueda de la perfección donde nunca están satisfechos.
Es algo muy samurai y cultural donde ellos mismos se frustran, entran en profundas depresiones y suben las tasas de suicidio.
Siento que pasé un poco por todo este proceso y me salvó ser latino: esa capacidad de decir «que más se perdió en el diluvio», «mandar todo pa’l aire» y sonreír, bailar y abrazar mi comunidad latina.
¿Para qué ser japonés si nunca será suficiente? Fue entonces cuando me convertí en latino.
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¿Y fue suficiente?
No, porque también encontré cosas que tampoco me llenaban.
Me preguntaba por qué tanta alegría si hay tanta pobreza, por qué tanto folclor si todo llega tarde.
La alegría del latino puede ser maravillosa, pero a veces se queda sin desafíos, sin querer mejorar, sin buscar la perfección.
A veces parece que todo lo queremos pilotar con el folclor y la danza. Es un extremo que también me chocó.
Entonces entra en uno en una crisis existencial en la que ya no sabe qué busca.
¿Cuándo te dio?
Una de mis etapas más difíciles, con más conflicto interior, fue más o menos a los 14 años de edad. De ahí se prolongó hasta los veintitantos.
Decidí no ser de ningún lado y buscar el equilibrio entre dos culturas muy extremas.
Una, la latina, con cosas muy buenas como la improvisación, el folclor y la alegría, que puede detonar en violencia y homicidios en su expresión más negativa.
Y otra, disciplinada, que también puede desembocar en suicidio.
Pensé que si seguía un camino podía acabar suicidándome y si seguía por otro podía acabar matando a alguien.
Desde entonces busco el equilibrio y sobrevivir a dos culturas muy diferentes.
