Griselda López era un símbolo para todos los leales a El Chapo. Aunque fue su segunda esposa, de la que estaba divorciado, nunca dejó de ser su principal apoyo, y por años fue el cerebro de la administración y los asuntos financieros del capo. El Chapo nunca tuvo la confianza que le dispensaba a ella con Alejandrina, la madre de Iván Archivaldo y Jesús Alfredo, ni con Emma Coronel, la madre de las dos gemelas que son su adoración, y lo sabían bien en Sinaloa. El que se haya ido a Estados Unidos con la familia más cercana, será para muchos una señal de desamparo y probablemente les represente la definición de la guerra interna que vive el Cártel de Sinaloa desde septiembre, inclinada hoy a favor de La Mayiza.
El gobierno de Estados Unidos, en las administraciones de Joe Biden y de Donald Trump, ha jugado su tablero pacientemente, manteniendo en la oscuridad de su diseño y operación a López Obrador, primero, y a Sheinbaum, después. Del expresidente desconfiaban. Un funcionario estadounidense afirmó que estaban seguros de que si le hubieran informado que planeaban capturar a El Mayo, le habría avisado para que escapara. De Sheinbaum no tienen información de su involucramiento con los cárteles, pero tampoco confían en su gobierno, infectado de leales al expresidente que saben que están vinculados con el narcotráfico.
La captura de El Mayo y Guzmán López fue resultado de un trabajo, de meses, de una unidad del FBI que opera en Washington bajo las órdenes de un anglosajón, que es considerado quien más sabe del Cártel de Sinaloa en Estados Unidos, y ejecutado por la oficina de Investigaciones Criminales del Departamento de Seguridad Interior, que realiza acciones clandestinas contra terroristas en el mundo. Todavía no hay información suficiente para conocer los detalles de aquella operación, que provocó tantas turbulencias en Washington por haber excluido a la DEA y por la secrecía en la que se desarrolló, que la orden que le dieron a los protagonistas fue no hablar. La rendición de la familia de Ovidio y Joaquín en la frontera también fue operada por el FBI.
Las autoridades federales estadounidenses parecen haber entrado a la segunda fase del combate al Cártel de Sinaloa y trabajan para llevarlo a un nivel en el que pueda ser manejable, sofocando la guerra interna que vive la organización. López Obrador responsabilizó al gobierno de Biden, en su momento, de ser el causante de la violencia que había estallado en Sinaloa, que se detonó por la ambición de Los Chapitos de hacerse por la fuerza de la organización ante la ausencia de El Mayo. Comenzaron ganando la guerra, pero gradualmente fueron perdiendo terreno con golpes estratégicos a sus principales lugartenientes.
La guerra interna comenzó en las últimas semanas del gobierno de López Obrador, y el de Sheinbaum se planteó como definición de victoria de la nueva estrategia de seguridad, pacificar al estado al nivel en que, cuando menos, se encontraba previo a la captura de Zambada. No fue así. En 2024, de acuerdo con el Índice de Paz México, la tasa de homicidios se elevó en 86.6%, donde 8 de cada 10 asesinatos se cometieron con arma de fuego, un incremento de 124% en ese tipo de violencia.
El gobierno de Sheinbaum ha naufragado en Sinaloa. En febrero, la prensa reportó que se le escapó a las fuerzas federales Iván Archivaldo Guzmán, lo que fue desmentido por el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch. El lunes, el periódico The Wall Street Journal citó fuentes del gobierno estadounidense que confirmaron que sí se les había escapado. Fue otra señal de que han perdido la paciencia y la confianza, de que lo que esperaba Trump de Sheinbaum, un país sin violencia y con seguridad, no puede lograrlo por más esfuerzos que esté haciendo.